El reflexionar como origen del terror
El acto de reflexionar suele relacionarse con la búsqueda de respuestas, con la claridad y también con la lucidez de nuestros pensamientos y nuestra mente. Si miramos a la filosofía y a la ciencia, imaginaremos que la reflexión suele ser un medio para encontrar la verdad, proporcionar un orden o hacer que las cosas tengan sentido.
A pesar de esto, hay momentos en los que reflexionar no proporciona una iluminación ni una respuesta; por el contrario, nos oscurece y nos aterra. En esos momentos, la mente se vuelve como una trampa o una especie de jaula, pues, entre más reflexionamos, más descubrimos nuestra propia fragilidad, y la sensación de inquietud puede abrumarnos al no encontrar una respuesta que nos parezca convincente.
Por ejemplo, quizás un día mientras caminabas por la calle o te ibas a acostar, pensaste algo como: «¿Y si todo esto no es real y yo no fuera capaz de notarlo?», «¿Y si todo esto es un sueño?». Lo aterrador no está solo en dudar de lo que vemos o sentimos, sino en la posibilidad de que, de no ser real, no tendríamos forma de comprobarlo. Aunque pueda ser solo un pensamiento de unos pocos segundos, esa reflexión podría romper la confianza y seguridad que tenemos sobre nuestra realidad, enfrentándonos a un pequeño abismo filosófico que nos recuerda que reflexionar no siempre consuela, a veces asusta.
Este es el territorio del terror filosófico, un género de la literatura donde el horror no se centra en fantasmas o monstruos, sino en una revelación interna: el miedo que surge del simple hecho de ser conscientes. El filósofo Eugene Thacker lo describe así:
«Estas historias no solo buscan asustarnos, sino que pueden ayudarnos a cuestionar los límites del conocimiento, la experiencia y la identidad humana.» — Thacker (2019)
Este tipo de terror no solo está presente en la literatura clásica, sino que también ha llegado a internet con tendencias narrativas como las creepypastas, en relatos como Psicosis, donde el miedo surge de la idea de que todas las personas conocidas por el protagonista han sido reemplazadas, cuestionando así la identidad y la realidad misma, o en El día que Dios parpadeó, que imagina un fallo momentáneo en la estructura de la realidad y demuestra que el terror puede nacer de una idea inquietante más que de un monstruo físico.
Actualmente, uno de los autores que más ha explorado este género es Thomas Ligotti, cuyas obras muestran mundos donde la realidad parece frágil y las personas se perciben como marionetas atrapadas en un universo sin propósito en el cual la reflexión puede ser, paradójicamente, el origen de nuestro miedo más profundo. Además de sus cuentos, Ligotti escribió el ensayo La conspiración contra la especie humana (2010), en el que explica que la conciencia humana podría ser un defecto biológico, una condición que nos obliga a ver el sufrimiento y la falta de sentido de la vida. Estas ideas también están presentes en filósofos como Emil Cioran y Peter Wessel Zapffe, quienes veían la conciencia como una carga. Por lo anterior, Ligotti, una figura clave del horror contemporáneo, no solo busca provocar miedo, sino también una reflexión sobre la fragilidad de nuestra identidad y de la realidad misma.
Tres formas de horror: psicológico, cósmico & filosófico
La singularidad del terror filosófico se vuelve más evidente al contrastarlo con otros géneros ya conocidos, como el terror psicológico y el horror cósmico.
El terror psicológico se centra en la mente, pues los miedos que se nos presentan nacen de sentimientos como culpa, paranoia, tristeza, obsesión… o también de traumas y locura. Aquí, el villano de la historia es nuestra propia percepción. El referente más notable de este género es Edgar Allan Poe, con su cuento clásico «El corazón delator», donde, tras asesinar a alguien, el protagonista es consumido por la culpa al comenzar a escuchar los latidos del corazón de la víctima —un sonido cuyo origen se mantiene ambiguo y puede ser real o imaginario— llevándolo a la desesperación (Poe, 1843). La esencia del terror psicológico está en mostrar que el verdadero miedo surge de la fragilidad de la mente y la posibilidad de perder el control de nosotros mismos.
El horror cósmico es comúnmente asociado con H. P. Lovecraft, quien traslada el miedo a una escala no antes vista al convertir el universo en un punto de comparación frente al ser humano, haciendo notar la insignificancia terrenal frente a un cosmos indiferente, un universo infinito, gobernado por leyes incomprensibles y habitado por seres que nos superan en poder, antigüedad y conocimiento. Por ejemplo, en su obra La llamada de Cthulhu, el protagonista descubre que la humanidad es irrelevante ante entidades milenarias, un tema recurrente a lo largo de toda su obra (Lovecraft, 1927). En el horror cósmico, lo desconocido no es un monstruo concreto que podamos enfrentar o ver directamente, sino el descubrimiento de que el universo mismo es extraño, hostil y ajeno a nuestra existencia.
El terror filosófico se alimenta de ambas vertientes, pero se centra en algo distinto: el horror que surge del acto mismo de la reflexión. Thomas Ligotti afirma:
«Lo siniestro, lo terrible, jamás nos engaña: el estado que nos aporta es siempre un estado de lucidez. Y solo ese estado de descarnado conocimiento nos permite una comprensión total del mundo que tenga en cuenta todas las cosas, de la misma manera que la gélida melancolía nos permite estar en pleno uso de nosotros mismos.» — Ligotti (2006, p. 25, Noctuario)
Este fragmento de Ligotti nos muestra que el miedo no solo proviene de un monstruo que nos persigue ni de un trauma del pasado, sino de la claridad con la que pensamos. Este tipo de miedo surge cuando reflexionamos demasiado y vemos cosas que normalmente evitamos, como la ausencia de un propósito claro de la vida o el cuestionamiento: «¿De verdad somos libres o todo está decidido de antemano?, ¿Y si nada de lo que vemos es real y solo estamos soñando?, ¿Qué pasaría si nuestra mente nos engaña y no podemos confiar ni en nosotros mismos?, ¿Y si el universo sigue sin nosotros y no nos necesita para nada?». El horror entonces no es algo que podamos enfrentar o ignorar, pues su origen está en la propia capacidad de pensar y cuestionar todo.
El terror como experiencia filosófica
Este enfoque del terror filosófico también se relaciona con la experiencia de lo numinoso, un concepto desarrollado por Rudolf Otto (1917), que explica un sentimiento de fascinación y temor al mismo tiempo frente a algo que sentimos completamente diferente a nosotros, que nos supera y que no podemos comprender del todo (mysterium tremendum et fascinans).
Lo numinoso en este sentido no se presenta necesariamente como un dios o un fantasma, sino como una idea que nos sacude por dentro, que nos inquieta, pues la claridad que pensábamos que teníamos comienza a desaparecer. Lo numinoso en el terror filosófico se encuentra en las ideas y las revelaciones internas. Por ejemplo, es posible que, al mirar un cielo estrellado, sintamos la belleza del universo, pero al mismo tiempo nos invada la idea de lo diminutos y pasajeros que somos frente a esa inmensidad.
Gracias a filósofos como Descartes —quien se preguntó si nuestra percepción es una ilusión provocada por un genio maligno—, la filosofía nos abrió la puerta a dudas que nos inquietan más que los fantasmas, pues estos últimos al menos tienen cara, nombre, o forma; en cambio, el terror filosófico parte de una experiencia de confrontación con lo desconocido, algo que no podemos combatir porque no tiene cuerpo ni reglas claras, y que surge del mismo lugar del que esperamos seguridad: nuestra mente.
Otros filósofos como Arthur Schopenhauer tenían una visión pesimista, donde percibían la existencia como dolorosa, en un universo irracional y que actúa sin propósito (la ciega Voluntad). Friedrich Nietzsche, por su parte, rechazaba el pesimismo pasivo; sin embargo, pensaba que tras la muerte de Dios, debíamos mirar al abismo y buscar nuestro propio sentido con el riesgo constante de que el abismo nos devore con su mirada.
Pilar Martínez (2020) al reseñar la obra de Thacker Tentáculos más largos que la noche, sostiene que:
«La literalidad del horror fuerza el lenguaje y el pensamiento a detenerse y tratar de nombrar lo indefinido, lo que no puede ser aprehendido.» — Pilar Martínez (2020, Culturamas)
Esta frase muestra que el terror filosófico se ubica en los márgenes de la percepción y el pensamiento y que, además, desafía las propias palabras. En este sentido, la narrativa literaria transforma ideas filosóficas abstractas en experiencias emocionales concretas. Mientras en la filosofía se tiene un concepto abstracto, en la literatura y el arte se tiene una escena concreta: el terror filosófico convierte preguntas abstractas en experiencias emocionales que el espectador puede sentir de forma directa, pues se nos presentan atmósferas opresivas o agobiantes, personajes desesperanzadores y realidades que nos obligan a cuestionar todo, incluso nuestra propia identidad, lo cual nos recuerda que el acto de preguntar demasiado se puede convertir en una experiencia de horror.
Terror Filosófico en la cultura popular contemporánea
El impacto del terror filosófico no ha quedado confinado a los tratados académicos; se ha diseminado en la narrativa audiovisual contemporánea, los videojuegos y el anime de culto:
Serial Experiments Lain
Serie animada japonesa de culto que nos habla de una protagonista que cuestiona su propia identidad y conciencia en una trama que fusiona la red (The Wired), tecnología y existencialismo radical.
The Matrix
Una película que, al más puro estilo del genio maligno de Descartes, plantea la posibilidad de que nuestra realidad entera sea una simulación artificial, forzando al espectador a dudar de lo sensorial.
Doki Doki Literature Club
Novela visual que fractura la cuarta pared y manipula deliberadamente la experiencia del jugador hasta hacerle cuestionar si la libertad, el libre albedrío y el control son reales o ficciones impuestas.
Conclusión: La lucidez como herida ontológica
Estos ejemplos muestran que la literatura y el arte han logrado mezclar y transformar ideas filosóficas en experiencias vividas, donde los conceptos abstractos se convierten en escenas inquietantes y nos identificamos con los personajes que nos obligan a sentir, a razonar y a hacernos más preguntas.
«El poder del terror filosófico radica en convertir la reflexión en una experiencia emocional intensa: pensar demasiado puede ser tan aterrador como enfrentarse a un fantasma, y la lucidez de la reflexión, lejos de consolar, nos puede abrir las puertas a miedos más inquietantes.»
Referencias Bibliográficas
Ligotti, T. (2006). Noctuario. Madrid: Valdemar.
Ligotti, T. (2010). La conspiración contra la especie humana. Madrid: Valdemar.
Lovecraft, H. P. (1927). The Call of Cthulhu. Providence: Weird Tales.
Otto, R. (1917). The Idea of the Holy. Oxford: Oxford University Press.
Poe, E. A. (1843). The Tell-Tale Heart. Burton’s Gentleman’s Magazine. New York.
Pujante, P. (2020). «Tentáculos más largos que la noche, Eugene Thacker». Culturamas. Disponible en: https://www.culturamas.es/2020/03/19/tentaculos-mas-largos-que-la-noche-eugene-thacker/
Thacker, E. (2019). «Monstrous Thoughts: Philosopher Eugene Thacker on the New Golden Age of Horror». 032c Magazine. Disponible en: https://032c.com/magazine/monstrous-thoughts-philosopher-eugene-thacker-on-the-new-golden-age-of-horror
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Conserva la versión facsimilar tal como fue maquetada e impresa en la Revista Fulcrum (La Escuela de Lancaster, Núm. 34, pp. 114–118). Con todas las ilustraciones a doble página creadas por VF Nava.